“Anto, mi gato está tranquilo, lo empiezo a acariciar y de repente me muerde.”
Y muchas veces el tutor lo interpreta como un cambio de humor repentino o como que el gato “se enojó de la nada”. Pero en la mayoría de los casos, el gato sí estaba avisando. Solo que nosotros no supimos leer las señales.
Los gatos tienen un lenguaje corporal muy claro, pero es diferente al de los perros y muy diferente al humano. Cuando aprendemos a observar ciertos detalles, esa mordida que parecía inesperada empieza a tener bastante sentido.
Una de las causas más comunes es la sobreestimulación.
Muchos gatos disfrutan de las caricias, pero no durante períodos largos o en determinadas zonas del cuerpo. Cuando la estimulación se vuelve excesiva para ellos, empiezan a aparecer señales de incomodidad.
Algunas de las más frecuentes son:
- la cola empieza a moverse de forma rápida o brusca
- las orejas se giran hacia los costados o hacia atrás
- el cuerpo se tensa
- la piel del lomo hace pequeñas contracciones
- el gato intenta correrse o cambiar de posición
Estas señales son una forma de decir: “hasta acá está bien”.
Si seguimos acariciando después de esos avisos, el gato puede escalar la comunicación: primero puede usar la pata, después un pequeño mordisco.
No es un ataque. Es una forma de poner un límite.
Otra causa común es acariciar zonas que al gato no le resultan cómodas.
Muchos gatos toleran mejor las caricias en:
- mentón
- mejillas
- base de las orejas
Mientras que otras zonas, como la panza o la base de la cola, pueden resultar más sensibles o invasivas para algunos individuos.
También hay que tener en cuenta la duración de la interacción.
A diferencia de muchos perros, los gatos suelen preferir interacciones más breves y voluntarias.
Es decir: se acercan, buscan contacto, interactúan un momento y luego se retiran.
Cuando el tutor intenta prolongar ese momento más de lo que el gato desea, aparece la incomodidad.
Y hay otro factor importante: la historia de aprendizaje.
Si durante el juego se usaron manos o dedos como juguetes, el gato puede haber aprendido que morder forma parte normal de la interacción con las personas.
Por eso, en el juego con gatos siempre es recomendable usar juguetes intermediarios: plumas, varitas, cintas o juguetes tipo presa.
La clave, como en muchas conductas felinas, está en observar.
Los gatos comunican mucho antes de morder.
Cuando aprendemos a leer esas señales, podemos detener la interacción antes de que el gato tenga que escalar la comunicación.
Y eso cambia completamente la convivencia.